En la carta a los Romanos, el pasaje Rom. 8, 8-11: "Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Vosotros, en cambio, no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto por el pecado, el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.". Esta cita paulina nos invita a
meditar sobre la grandeza de nuestra vocación cristiana. Como
bautizados, hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, quien nos
vivifica y nos aparta del dominio del pecado. Este don precioso nos
llama a vivir con una alegría y esperanza que transforman nuestras
vidas y las de quienes nos rodean. Ya no vivimos según la carne,
sino según el Espíritu, lo cual es nuestra respuesta de amor a
Dios.
Vivir el Evangelio es ser testigos de la fe. Nuestro testimonio es un puente que une corazones. Encarnar a Cristo en la vida diaria es más poderoso que cualquier discurso. Ser testigos es reflejar el amor en nuestras acciones, sembrando luz en el mundo. La unidad se construye con la verdad de la Palabra y el gozo del ecumenismo. Cada acto auténtico habla más fuerte que mil palabras. Que tu vida sea un canto de paz, un reflejo del Evangelio vivo y una señal de esperanza.
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